No podemos evitar dotar de sentido al mundo, hacerlo visible. Quizá sea por esto que nos seduzcan los signos vacíos, los signos puros. Esa falta de trascendentalidad dentro de la misma nos absorbe, nos obsesiona, es ese algo absurdo e insignificante y sin embargo tan pleno que, nos fascina.
Nuestra relación con el mundo difiere de todas las demás. Lo que vemos no es lo que hay, lo externo a nosotros, sino que es una proyección del sujeto mismo, de sus fantasías, de sus ansias, de sus afectos.
Analizar el mundo no nos ayuda a entenderlo, sino a entendernos.