Hoy caminando, me he encontrado a un antiguo amigo. Y tras un rato hablando ¡qué alegría la mía al reconocerme en sus expresiones! Reencontrarme con él no sólo me ha permitido reunirme con un viejo amigo, sino descubrir que mi yo pasado ha perdurado en el tiempo, que ha resistido al cambio. Felicidad al encontrarme viviendo, aunque sea en otro. Hoy mi presente se ha encontrado con mi pasado.
Tragedia
al resultar inevitable
desear lo imposible

Lucha
por no morir viviendo
la convicción de una idea

Anhelo
de alcanzar nuestros objetivos
sin sucumbir en el intento

Miedo
al sentirse preso,
confinado en pensamientos

Y de repente, acabar con todo,
volver a sentirse libre, en el ahora.
Vuelve capacidad de obrar,
sin perspectivas ya fijadas
fijadas de antemano.
Y curiosamente ver la misma idea,
sin construcciones que nos sometan
y verla más factible
y hacerla real
y sentirse bien.
La vida nos llama, nos impulsa a movernos, nos exhorta a vivir. Es una fuerza suprahumana que no entiende de edades, ni de especies, ni de nada.

La realidad se funda en la vida y la vida, en el movimiento, en el cambio, en el devenir de las cosas.

Aun así, la mayoría de las personas tienden a la conservación; según parece, la idea del cambio les da vértigo. Quizá sea debido a la consciencia de que la propia vida implica muerte y que cada cambio en nosotros supone dar fin a lo que hasta ahora eramos para dar la oportunidad a algo que aún no somos.

Para muchos es inconcebible la idea de que lo que ahora SOY sea distinta de lo que HE SIDO y de lo que SERÉ. Que, por decirlo de algún modo, somos personas distintas que comparten recuerdos, pero que pensamos, sentimos y/o actuamos de manera distinta. Personas distintas en un mismo cuerpo, ¡que ni siquiera es el mismo!

La nostalgia intenta revivir aquello que fuimos, pero es un esfuerzo inútil, porque el pasado murió con el presente, con el ahora que nos llama con fuerza obligándonos a vivir, obligándonos a ser y a dejar de ser.
El ahora es inmortal

... todo lo demás no existe
Ante el cansancio y la falta de asombro me rindo. Quizá podría reirme, pero la apatía que siento como mucho me da pena. Creí en algo verdadero y al final es el desinterés el que me da cuenta de todo.