La vida nos llama, nos impulsa a movernos, nos exhorta a vivir. Es una fuerza suprahumana que no entiende de edades, ni de especies, ni de nada.
La realidad se funda en la vida y la vida, en el movimiento, en el cambio, en el devenir de las cosas.
Aun así, la mayoría de las personas tienden a la conservación; según parece, la idea del cambio les da vértigo. Quizá sea debido a la consciencia de que la propia vida implica muerte y que cada cambio en nosotros supone dar fin a lo que hasta ahora eramos para dar la oportunidad a algo que aún no somos.
Para muchos es inconcebible la idea de que lo que ahora SOY sea distinta de lo que HE SIDO y de lo que SERÉ. Que, por decirlo de algún modo, somos personas distintas que comparten recuerdos, pero que pensamos, sentimos y/o actuamos de manera distinta. Personas distintas en un mismo cuerpo, ¡que ni siquiera es el mismo!
La nostalgia intenta revivir aquello que fuimos, pero es un esfuerzo inútil, porque el pasado murió con el presente, con el ahora que nos llama con fuerza obligándonos a vivir, obligándonos a ser y a dejar de ser.

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