Las esperas no dan peras

Cuando Pepe aún era pequeño le regalaron un peral. A éste le gustaba mucho la fruta y no podía esperar a probarla, pero la fruta aún verde, tenía un sabor amargo y Pepe se sintió fastidiado. Por otro lado, el peral se sintió rechazado y durante dos primaveras seguidas no se atrevió a dar fruto. El peral no podía esperar más, necesitaba ser, y se hizo hermoso y fuerte. Todo el mundo quería probar aquel peral tan suculento. Tanto fué así que incluso el viento deseaba su fruto, asi que sopló y sopló hasta que se lo llevó. Pepe lloró pensando que había hecho todo lo posible, pero lo cierto es que no había hecho nada. Comprendió que su espera sólo fué despreocupación. Que si realmente hubiera esperado, se habría preocupado de darle cobijo, de procurarle el sol y conseguirle el agua. Pero no lo hizo, y cuando el viento le alentó a que se fuera con él, el peral no tuvo ningún inconveniente.




Es un error esperar a que la fruta madure y caiga por sí sola.

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